No ficción

Por más de treinta años, Luchamanía ha sido uno de los pilares de la lucha libre en Costa Rica. A través de prueba y error, encontró un público meta que no se relaciona con la lucha libre: la familia.

“Hubo un momento en que nuestra lucha libre era muy violenta”, dice Rafael Ramírez. Porta anteojos y una camisa de botones; pelo corto y ordenado. Su tono de voz es imponente, determinado, y habla con pasión. Pero en este momento, tiene una sonrisa de asombro mientras recuerda. “No me pasó a mí, les pasó a un par compañeros. Y eso que eran del mismo bando, iban juntos. Uno de ellos era sancarleño, de esos machos, ¡hombre, varón!”

Rafael suelta una risa.

Usted es una niñita, le dijo al otro, allá en San Carlos paren hombres. El otro era de aquí, de San José, y era muy mordido”, Rafael sacude la cabeza. “Entonces, le respondió no, no, yo soy muy varón. Más varón de lo que puede ser cualquier gente de la zona rural.”

Es que usted se va a desmayar cuando vea sangre.

Rafael Ramírez, promotor de Luchamanía y exluchador, sólo podía reírse cuando los dos luchadores, que iban en el mismo equipo, se subieron al ring. Se enfrentaron a sus oponentes y a sí mismos. A propósito buscaban el poste para pegarse la cabeza y ver quién sangraba más.

“¡Los dos compañeros! ¡Ellos mismos se rajaron la cabeza!” Rafael casi grita, todavía sorprendido aunque eso sucedió hace años. “Terminó la lucha y les dijimos: ¿Qué les pasa?

Pero no terminó ahí. Rafael fue quién los llevó al hospital y de camino, peleaban por ver quién aguantaba más. En emergencias los atendieron, uno de los luchadores tuvo ocho puntadas, el otro nueve. Rafael escuchó el grito: yo gané porque tengo una puntada más.

“¡Qué caso! Todo para probar quien aguantaba más”, ya no sonríe. Sino tiene una expresión de disgusto. “Viera el montón de sangre. ¡Era tanta! Y ellos apostando a ver quien tenía más sangre, quien tenía la herida más grande.”

“Ahí es donde uno dice que no, no es para tanto.” Rafael está consciente de las consecuencias que puede tener la lucha, en sus variantes desde la grecorromana hasta la lucha libre. La revista médica American Journal of Sports Medicine encontró que este deporte está en la primera posición en cuanto a incidencia de Encefalopatía Traumática Crónica (CTE por sus siglas en inglés).

La CTE es una enfermedad neurodegenerativa que se presenta a causa de lesiones cerebrales traumáticas repetitivas. Una persona con CTE puede presentar anomalías con el habla, depresión, demencia e, inclusive, la enfermedad de Parkinson.

Aunque Rafael Ramírez sabía que tenían que cambiar, no podían irse a un tipo de lucha libre en donde fuera solo coreógrafía. Su idea fue un término medio, alejarse del ¿quién vive y quién muere? En su lugar, habría un espectáculo, que fuera seguro para los luchadores, y entretenido para el público. ¿Por qué? Porque, al final, la familia necesita al luchador.

“Si bien Luchamanía le paga un estipendio, lo queremos en una pieza”, en el 2019, el registro de la empresa indicó sólo lesiones superficiales y ninguna lesión severa. Otras medidas que tomaron fue enviar a los luchadores a descansar de quince a veintidos días, gracias al gran tamaño de la planilla que tienen. Pero, a los luchadores no les gusta el descanso.

“¡Claro que se enojan! Ellos quieren seguir, que su personaje siga.  Pero lo que nosotros queremos hacer es quitarle carga al cuerpo. Por eso, es quince días, vaya con su familia”, asiente con certeza Rafael. “Muchos de ellos se entregaron demasiado a su personaje y descuidaron la familia, y ahí es donde decimos: aquí hay un eje y es la familia”.

Pero, para ellos, la familia no es sólo el eje del luchador, es el público a quien Luchamanía le apunta. Pero, para Rafael, y la organización, le tomó mucho tiempo aprender esta lección.

Víctor Hugo Ramírez, el papá de Rafael, fundó Luchamanía Costa Rica a finales de los 70s. En los medios y en las bocas de las personas, Víctor Hugo “El Brumoso” es el patriarca de las luchas modernas. Introdujo, de manera sostenida, la lucha olímpica, grecorromana y deportiva en el país.

El Brumoso es parte de la primera generación de luchadores costarricenses, que comenzaron a entrenar a inicio de los sesenta, bajo la tutela del Chaparrito de oro, considerado a nivel latinoamericano como el padre de la lucha libre profesional.

 

Rafael siguió los pasos de su padre y comenzó a luchar a los catorce años. Estuvo consumido en este deporte, como luchador, durante treinta y tres años, hasta que se retiró como luchador y se enrumbó como promotor de Luchamanía.

Durante las casi cuatro décadas de existencia de Luchamanía, la organización ha trabajado principalmente en San José. Su espectáculo, la Catedral de la Lucha, ha usado principalmente el Polideportivo de Dos Ríos, Plaza Gonzalez Víquez y el BN Arena. Así como ha cambiado de lugares, ha evolucionado a su propio ritmo.

La primera influencia clara ha sido la de la lucha libre mexicana, debido a la cercanía, y vínculo entre los luchadores costarricenses y mexicanos. Después, en los ochenta, hubo una transición hacia la lucha libre estadounidense, gracias a la influencia de programas como la World Wrestling Federation (ahora WWE) y la Extreme Championship Wrestling (ECW).

De acuerdo con Rafael, han sido sólo los últimos cinco años en los cuales Luchamanía ha apuntado a hacia la familia, principalmente a los niños.

“Ahora, no queremos montar un circo romano, con palabras soeces, sino un espectáculo del bien y del mal, dirigido para apasionar a los niños,” explica Rafael, “tenemos uniformes muy mexicanos que brillan con el efecto de la luz. Tenemos efectos de sonido, y luces. Hemos logrado una gran aceptación a este público meta, principalmente niños que son los que atraemos más, lo subimos al ring e interactuamos con ellos.”

“Lo que hicimos fue recuperar la identidad más latina, tropicalizar lo que fue un programa como Titanes en el ring, de los 70s, que lograba sentar a la familia a ver lucha libre,” agrega. Este cambio les sirvió para limar las asperezas con entes como el Comité Cantonal de Deportes. Así logran llegar a diferentes lugares del cantón central de San José, como Pavas, Catedral, los Hatillos, Barrio México y Barrio la Merced.

Aunque sea un cambio radical de la lucha libre del pasado, es también un fruto de lecciones y errores. Muchos errores.

“Llegamos hasta a ser muy al estilo de WWE, muy violentos, mucha sangre, muchas lámparas, muchas mesas,” se ríe. “Diay, en ese momento la WWE colocaba mesas y fluorescentes. Dentro del lenguaje venían palabras pasadas. ¿Qué logramos con eso? Nos cerraron las puertas de muchos lados. Obviamente, aquí hablamos de la doble moral que existe en la sociedad latina.”

“Los anglo(sajones) son más abiertos a que todo un público de no sé cuántos miles de personas estén gritando una mala palabra y no lo ven mal. Pero aquí, en Costa Rica, cuando ya hay un coro que dice esa mala palabra, prefieren bajar el audio del  televisor, para que no se escuche porque no es muy socialmente aceptado”, dice. Pero Rafael sacude su cabeza en desaprobación de la falta de coherencia. “Pongo un ejemplo: en la corrida de toros a fin de año. Si el toro no levanta a nadie, que qué malo estuvo, pero si el toro levantó a todo el mundo ¡ay, no, Dios mío, no debería ser así!”.

Recordando el pasado, Rafael explica que, al principio, el público se quejaba de que era mucha coreografía y pocos golpes. Entonces, hicieron la transición hacia un estilo más agresivo, hasta que comenzaron a cerrarles las puertas por ser muy violentos. Fue difícil entender a ese público. Pero el público infantil es diferente.

“Es el mejor público de todos. Claro, se atrapa fácil pero fácil se pierde. Por eso tenemos que buscar más fórmulas para mantener la atención. Tenemos la responsabilidad de crear un modelo para que el niño siga, que vea ahí a un súper héroe ahí”, Rafael muestra un sentido de satisfacción que se presenta en su voz, “ tenemos muchos casos en donde el niño le dice al papá que quieore ir a las luchas desde el lunes. Ya para el sábado, el papá se alegra que hubo dichas para traerlo.”

Luchamanía no sólo se limitó a crear personajes, sino que también canciones y máscaras. Además, antes y después de los espectáculos, los luchadores interactúan con el público, sean del bien o del mal.

“Se les insiste que vayan y saluden a los niños”, explica Rafael. “Tienen que cuidar su vocabulario, eso sí. Ahí repartimos posters, y mercancía, que ha costado muchísimo tener.  Ahora sí, tenemos patrocinadores que querían colocar su marca en este producto que les parecía interesante. Nosotros llegábamos a convertirnos en el platillo principal de los diferentes eventos que hacía el Comité Cantonal de Deportes.  Los últimos 3 años hemos seguido con esa tónica, un giro total a la lucha” Finalmente, Luchamanía logró replicar el éxito de Titanes en el ring, y logró sentar a la familia a ver lucha libre.

Pero, el cambio no significó un cambio en calidad. Significó un cambio de técnica hacia la acción-reacción, que busca eliminar mucho del aspecto coreográfico de la lucha y reemplazarlo con ejercicios base que se pueden variar conforme avanza la pelea. Esta técnica permite que los movimientos sean más naturales ya que, aunque existan movimientos generales, los luchadores toman decisiones en el momento.

“Por decir algo, viene un golpe, que le llamamos bufanda y el luchador decide agacharse en el último momento. Se ve natural y la gente ya no lo ve coreografeado,” explica Rafael, “en otros estilos, el luchador ya está agachado antes del golpe, porque lo coreografiaron. En acción-reacción, en segundos, él o lo recibe o lo esquiva o lo convierte. Los niños más bien se preguntan cómo hizo para que ese puño pasara por la cabeza. Dicen qué carga que es, vea qué bueno que es.”

Así empiezan a nacer ídolos y héroes. Pero, para llegar a un nivel en donde el público se absorba en la historia y los movimientos, se necesita disciplina y mucho entrenamiento. Luchamanía tiene una cartera de alrededor de cincuenta luchadores, lo que fomenta la competencia por tener presencia en el escenario.

En promedio, el entrenamiento para ser luchador en Luchamanía dura siete años para un luchador promesa, o 250 luchas de entrenamiento. Antes de este tiempo, es un proceso de aprendizaje. Pero los siete años no son garantía de que serán luchadores, porque, en el momento que se suben al ring, puede que no conecten con el público.

“Luchamanía no registra su nombre hasta que pasen esos 7 años de proceso de lucha. Pasados esos siete años,” explica Rafael. Con este rango, ya ha cumplido con la formación. Se le ha ido creando un perfil y ya puede arrancar con su carrera de lucha libre. La variedad de luchadores también le permite a Luchamanía crear personajes inesperados.

“A veces tenemos una persona que es muy delgadita contra una persona que es muy robusta, muy grande, muy gruesa. Ahí hay una historia”, explica Rafael. “El público se va a ir con el pobrecito, el flaquito, pero cuando ese flaquito empieza a girar en el aire, ahí sí la gente: ¡mire qué bueno que es! ¡Salió respondón!

“El público debe irse también con esa historia. Si no lograste contar la historia, no funcionó. Pero, ahí está el perfil de tu personaje,” Rafael elabora. El perfil tiene que ser congruente. Un personaje que represente el lado bueno, o la justicia, no puede recurrir a luchar con, por ejemplo, una silla de metal.

Foto tomada del FB de Luchamanía

 

“Él (un luchador justiciero) representa los valores ¿me entiende? Con eso se juega para hacer la dualidad, el bien y el mal,” y la clave para saber si sirvió o no, está en el público. “Cuando ya termina la lucha y los niños se vienen en bandada con el justiciero uno dice, entendieron la historia.”

Esa reacción del público sirve para bien y para mal. El aplauso, la admiración, se pueden convertir en adicciones. Rafael Ramírez ha visto a aficionados besarle la mano a los luchadores. Algunos aficionados han guardado recuerdos de hace veinte años, y se lo muestran a sus ídolos.

“A veces pedían la máscara y no se las dábamos porque sólo teníamos una,” recuerda Rafael, “y años después, ese mismo niño, ya adulto, le reclama a uno que nunca le regalé la máscara.”

Pero hay momentos en los que es necesario detenerse. Existen algunos luchadores que mantienen su personaje las veinticuatro horas del día, todos los días del año, similar a los luchadores mexicanos, quienes viven su cotidianeidad con máscara y uniforme.

“Al ser humano le gusta que lo admiren. Las personas tienen necesidades afectivas, pero perdón, no admiran a una persona, admiran a un personaje, en el momento de la lucha. Cuando te sacan de ahí, ya no sos personaje, estás en la vida real”, Rafael enfatiza la última frase. La vida real. Tuvo varios luchadores que no se salían de su personaje, “El América, Muerte, uno les decía: perdón, ya estás en tu día normal, debería ser el Luis Rodolfo, Gabriel, o Rafael.Llega un momento en donde vos perdés el hilo conductor.  Ese momento hace que el luchador se pierda.”

“Por eso es que nosotros traemos lecciones aprendidas, todo este conocimiento que ha dado la lucha, más el conocimiento acumulado por mi papá,” Rafael gesticula como si estuviera explicándole a un luchador, “nosotros le decimos al luchador, vea, usted va a ser admirado, tenga cuidado, esto es tiene doble filo.

“Sí, las mujeres se enamoran, ¡de la máscara!”, se ríe Rafael. Se torna serio al instante. “No de la persona. Esto es una cruel realidad, es de la máscara, es del personaje, es de lo que en este momento interpretaste en esa historia, que gustó ¿sí? Pero, después se acabó la historia, se acabó. Vale más la persona, entonces nosotros decimos que vamos a activar una hora antes al personaje y nos vamos a desactivar una hora después. Durante tres horas, vamos a ser tal personaje, pero después entienda que nos desconectamos y vuelve la persona.”

Es difícil para los luchadores apagar al personaje porque, en las palabras de la lucha, se pierde el misticismo.

“Había unas muchachas muy lindas, pero muy lindas, y estaban enamoradas y les daban porras y les daban porras. Estaban como si los conocieran ¡enamoradas! Como los luchadores eran muchachos de vientipico, ellos dijeron, ya tengo novia.

Las muchachas les reiteraban que no habían visto a una persona sufrir tanto. Pero cuando los luchadores, al finalizar la lucha, salieron del vestidor sin máscara y con ropa normal, las muchachas, de repente, no tenían interés. Es más, recuerda Rafael, parecía que ni los conocían.

No puede ser, no valemos nada, sin máscara no valemos nada, Rafael escuchó a uno de ellos decir.

“Por eso tienen que entender que están presentando un per-so-na-je, ese es el grado de madurez que tienen que tener.”

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