No ficción

Las barreras de la pandemia

En mayo del 2023, la OMS declaró finalizada la emergencia global y el gesto más grande que percibí fue que quitaron las barreras de plexiglass de las cajas en el supermercado. El cajero, un chavalo joven, si acaso en sus veintes, me dice, sorprendido, que la última vez que vio un supermercado sin plexiglass, todavía no se había graduado del cole. Juega con la edad, con la percepción del tiempo y, a la vez, no lo hace. 

Hubo barreras, y mucho más, durante tantos años que no puedo dejar de pensar en lo irónico que es. Desaparecen las barreras, se levanta la emergencia y, en estos tiempos de certeza, lo primero que me sale es duda.  

Uno de los síntomas que primero me dan con la ansiedad es toser, toser feo. Como si me estuviera vomitando, y recuerdo que tuve que contenerme esos arqueos, cuando fui por primera vez al supermercado con mascarilla, hace tres años, fui en condiciones de extrema ansiedad. Conforme más los aguantaba, más ganas me daban. A pesar de las malas caras, logré sobrevivir la primera ida, y todas las idas que siguieron. Caretas, mascarillas, marcas en el piso, distancia, barreras de plexiglass, horarios, restricción vehícular, vacunas, aforo, certificados de vacuna, de todo: cada día que iba, teníamos alguna barrera nueva. 

Me acostumbré a la idea de la mascarilla, de los anteojos empañados y de las orejas deformes, tratando de sostener no solo estos dos, sino también los audífonos. También, a los horarios diferidos, a no salir, a sentir que salir era pasar por un camino radioactivo, a la dermatitis, y la incesante necesiodad de autoflagelarse, al conectarse a cualquier sitio, y ver el conteo de casos, muertes y curados. No me acostumbré a la idea de que, aún con todas esas medidas, era posible que nos diera COVID, a mí, mi esposa, amistades, familia, a todo el mundo. 

Me llegó el correo el 6 de mayo del 2021. Dos días antes, tuve un dolor de cabeza fuerte, un taladro que trataba de adentrarse en mi corteza. De ahí, entró la fatiga, la fiebre y un poco de congestión. Al cabo de unas horas, perdí todo el olfato. Era momento de hacerse la prueba. Recibí el positivo de COVID, el primero de tres, por ahí de las cuatro de la tarde. En aquel entonces, antes de vacunaciones masivas, un diagnóstico así se asociaba siempre con muerte y, en mi caso, no fue tan diferente. 

Ese mismo día, por ahí de las once de la noche, recibí el mensaje de que mi amigo Pablo había muerto, de la misma enfermedad que justo me habían confirmado. Hubo, hasta el día anterior, una pizca de esperanza de que iba a salir bien. Sí, cada actualización era peor, pero los humanos podemos crearnos escenarios optimistas, decía Frankl, que superan hasta la inevitable lógica de la muerte. 

 Pablo fue, y es, un gran maestro, porque sus lecciones perduran. También, su capacidad de siempre ver lo positivo, a pesar de. Tenía un caminado rápido, energético, y un positivismo que se permeaba. “Aquí estamos”, me decía cuando hablábamos, sobre la vida, mi tesis, su libro, su familia. También, podía silenciarse cuando era necesario. Escuchaba las conversaciones casi estático, inmóvil y, luego, daba su opinión, o perseguía con alguna pregunta eficiente. Recuerdo cuando no tuve energía para terminar mi tesis, que me decía: “Aquí estamos”, y subía el tono de voz, “vamo, falta poco”. 

Mi primera tanda con el COVID fue difícil, pero superable. Me tomó alrededor de quince días recuperar el olfato y unos ocho días poder hacer ejercicio de nuevo. Lo que más me asustó fue la confusión extrema que tuve. Duró un par de días, pero en ese intervalo, no podía concentrarme, ni escribir. Tampoco, irónicamente, pude dejar de pensar. 

Fue extraña la muerte de él porque fue, en mi caso, una muerte virtual, a distancia, y en encierro. Aun si hubiera querido verlo, no hubiese podido. Ni los miles de kilómetros, ni mi diagnóstico, ni todas las barreras que se habían puesto, me lo hubieran permitido.

Se siente extraño entrar al supermercado, y no tener una barrera de plexiglass, que yo había normalizado tanto, que pensé que nunca se iría. Un día de estos, fui a un concierto, y se siente extraño estar rodeado de tanta gente, sin tener ese temor, y aún así, cuando recuerdo todo lo que ha pasado, todo lo que estas fechas recuerdan en sus aniversarios, pequeños pero grandes, me pregunto si tener una barrera de plexiglass, un día más, o un día antes, o un centímetro más a la derecha, hubiera cambiado algo.  

 

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