No ficción

Trabajar en un cementerio es más que vivir entre muertos

“A veces, hay que despertarse a las dos de la mañana, ¿verdad? Que tal vez hay gente adentro, que vienen a hacer cosas indebidas. Uno dice, pucha, ¿cómo se prestan para venir acá a hacer eso? Cosas que no se pueden decir, pero sí, hay que levantarse,” dice Juan Araya.

Señala a una tapia de cemento, a lo lejos, en una esquina del cementerio. Un portón herrumbrado separa a su casa de miles de fosas. Pero, para efectos de formalidad, él vive en el cementerio de San Pedro de Montes de Oca, desde el 2012.

“Hasta malcriados se le ponen a uno, entonces hay que llamar a una patrulla para que vengan a sacarlos.” Juan recuerda que, una vez, una pareja de adolescentes se metieron al cementerio, luego del colegio, y dejaron las mochilas tiradas. Mientras la pareja se perdía entre las tumbas, él y su compañero recogieron las pertenencias de los chiquillos y se las llevaron a la entrada. Se ríe. “Muy hombrecito para unas cosas, pero para otras no. El muchacho la mandó a ella a recoger las cosas.”

Pero, además de adolescentes precoces, el ocasional drogadicto y uno que otro acto vandálico, como cuando le robaron un carretillo y la estatua de un ángel, la vida de un panteonero se trata más del servicio al cliente y el orden.

La complicada labor de atender a la muerte

El cementerio tiene que estar limpio, y eso consume varias horas del día de Juan. Pero, el proceso de enterrar a una persona va mucho más allá de las fosas y tumbas.

“Acá nosotros nos encargamos de atender al público, de estar atentos cuando viene la gente para un funeral, ayudarles con requisitos y documentos,” explica Juan. El cementerio cuenta con una bitácora en donde están los lotes y las personas que, en algún momento, estuvieron enterradas. Uno de los retos principales a los cuales Juan y el resto del personal se tiene que enfrentar es el olvido.

“Hay personas que tienen un montón de años de no visitar y cuando llegan al cementerio, vienen extraviadas en ese sentido”, explica. Además de las fallas en la memoria que pueden causar los años de no visitar las fosas, surgen sorpresas.

En el Cementerio de Montes de Oca, hay más de 1300 lotes. Cuando llegan a preguntarles por alguna persona en particular, Juan y sus compañeros tienen que respaldarse con sistemas de información, para así evitar enterrar a una persona en una fosa que no le corresponde.

“Hay muchas fosas a nombre de personas ya fallecidas”, comenta. Explica que, en el Cementerio de Montes de Oca (como en la mayoría de los cementerios del país), cada fosa tiene un título de propiedad, que está en posesión de una persona. Es normal que el titular de esa fosa fallezca y no haga el debido traslado a otra persona, en vida.

Pero, si una persona tiene el título de propiedad, puede hacer lo que quiera con la fosa. Entre la cantidad de fosas que tiene el cementerio y la desatención general que las personas le prestan a los títulos, es común que los visitantes se lleven sorpresas.

“A veces pasa que la tumba estaba en cemento y, cuando vienen, ya tiene un ángel, o está enchapada. O, que ya no está a nombre de la persona sino que a nombre de otro familiar.  Inclusive, que era de tal familia y ahora es de otra, y la placa ahora dice otra cosa”, él asiente.

“Una vez, llegaron unas hermanas a buscar la fosa. Eran dos hermanas que estaban fueran del país, y una que vivía en Costa Rica. La que estaba en el país sacó todo y la vendió”, Juan abre los ojos, el único gesto de sorpresa de su cara, cubierta por la máscara. “Las otras dos hermanas no sabían nada. Cuando vinieron a dejarle flores a los familiares, se llevaron la sorpresa que la fosa estaba vacía y ya no tenía los mismos apellidos.”

Las personas olvidadas del cementerio

Cuando una familia no cuenta con nicho a título personal, puede recurrir a un contrato de alquiler de un nicho municipal, no renovable, de cinco años. Una vez que el contrato vence, la municipalidad le avisa a la familia que tiene que retirar los restos y llevarlos ya sea a cremar o a otro cementerio.

“Si la persona ya tiene tumba, los puede pasar para allá. Pero, eso es otro problema, ¿verdad? Porque tiene que sacar un permiso de traslado de cuerpos y toda la cosa,” Juan explica mientras señala de los nichos municipales a la distancia, a las tumbas que tiene alrededor. “Para nosotros sacar el cuerpo (del nicho municipal), la familia tiene que ir al Ministerio de Salud, pedir el permiso de traslado, ir al cementerio donde se va a enterrar y emitir un certificado de que allá lo van a recibir. Ya con eso, la municipalidad puede moverlo.”

Cada persona que alquila un nicho municipal tiene que dejar sus datos, para cuando se venza el plazo. Al pasar los cinco años, la municipalidad hace el intento de llamar a la persona, pero no siempre hay respuesta. Cuando esto sucede, la Municipalidad puede vaciar ese nicho, a través de una exhumación.

Juan señala a una estructura de color celeste, que se eleva por encima de la mayoría de las tumbas y mausoleos del cementerio. No tiene indicaciones, no es más que un polígono imponente de concreto. Esta estructura es la fosa común, un osario donde van a dar los restos de las personas que nadie vino a reclamar.

Juan frente a la fosa común

Juan frente a la fosa común

 

“Lo que se sucede es que cuando llegan al osario,” Juan toma un tono serio. “Ahí, en la fosa común, ahí ya nadie se puede rescatar. Ya, ahí, quedó.” Y, para él, es algo muy frecuente.

“Pasa mucho, la verdad es que sí. Muy poca gente se preocupa por llevarse los restos de algún ser querido. Tal vez, porque no tienen dónde llevarlos, o no tienen cómo pagar una fosa.”

Actualmente, la fosa está a un 75% de ocupación, gracias a un pico de trabajo.

Las preparaciones del cementerio para la pandemia

A lo largo que las paredes que rodean al lote del cementerio, están los nichos municipales de los que habla Juan: un patrón de cuadros descubiertos que dan la sensación de un panal de abejas. Todos los cementerios tienen una cantidad de nichos municipales disponibles para diferentes usos.

Desde hace un poco más de un año, ese patrón es cada vez más grande. Hay más y más huecos a lo largo de los bordes del cementerio. En preparación para un posible incremento en muertos debido a la pandemia del SARS-CoV-2, todos los cementerios procedieron a ordenar los nichos municipales. El cementerio de Montes de Oca habilitó 265 nichos para posibles fallecidos por la pandemia.

Nichos municipales en San Pedro de Montes de Oca

Nichos liberados en el cementerio 

 

Eso sí, para sacar un cuerpo, existen ciertas reglas que hay que respetar. Si, luego de cinco años, los cuerpos todavía se encuentran momificados o existe la presencia de tejidos blandos, se deben mantener en el nicho hasta que no se complete el proceso de descomposición. Juan se ha encontrado con cuerpos que tienen una década de estar enterrados, y todavía están momificados.

Además, debido a la crisis de salud, no se pueden abrir los ataúdes. Entonces, de haber un entierro, se debe meter una bolsa con los restos encima de cualquier ataúd que ya esté dentro del nicho.

Anteriormente, cuando se podía abrir el ataúd (o cajas, como los panteoneros las reconocen), Juan debía colocarse todo el equipo de protección, desechable, que incluía lentes, guantes, mascarillas. Luego, del ataúd, se retiraban los restos y los colocaban en una bolsa plástica. Ahí se reemplaza por el cuerpo que se va a sepultar. A la fecha, entre las fosas y los nichos privados, se han realizado ocho entierros por COVID-19.

Mitos y leyendas de un cementerio

“A uno tiene que gustarle para poder trabajar en esto”, Juan comenta y se ríe. “Yo fui a visitar el cementerio de Limón porque a mí me habían dicho que, en el cementerio, las fosas eran de colores. Me dije, ¿será cierto o será mentira? Viera usted, de todo hay ahí. Había azules, verdes, negras, hasta naranjas había. Uno debe tener gusto para visitar y conocer. Yo no me quedé con la duda, entonces lo fui a visitar.”

Juan habla de su trabajo con pasión y respeto. A través de los diez años que tiene en este cementerio, ha llegado a tratar el tema de la muerte con normalidad. Pero, le tomó tiempo acostumbrarse, como con la primera vez que participó en una exhumación.

“Sí, sí, fue un poco impresionante, ¿verdad? Como sensación rara. Pero ya, al pasar el tiempo, ya uno lo ve normal. Lo toma como otro trabajo más pero, con mucho respeto, ¿verdad? Porque es una persona estuvo en vida. Son seres queridos de otras familias. Uno lo toma con más tranquilidad, con más calma, pero sí la primera vez sí es un poco impresionante.”

Además del impacto de ver un cadáver en proceso de descomposición, sus amistades y conocidos le preguntan frecuentemente acerca de lo sobrenatural. Las únicas historias que tiene, son de lo que lo que la gente ha visto, incluyendo a su esposa, quien vive con él en la casa esquinera.

“Las mismas personas que vienen acá dicen que han visto niños, que han visto a un caballero vestido de policía”, se ríe. “Mi esposa, por ejemplo, dice que vio a una muchacha caminar por la rampa, la saludó, y luego la chavala desapareció.” Pero, en este tema, Juan ni se inmute. No le da miedo.

“Yo digo que eso es muy psicológico. Eso está en la mente, a la hora de no pensar en esas cosas, no me he llevado un susto así. Si me pasa algo, pues puede ser que cambie.”

Desde Turrialba, hasta la única fosa subterránea de Montes de Oca

El aire dentro de la única fosa subterránea en Montes de Oca es denso. Se mete en los pulmones y deja un sabor extraño en la boca, aún con mascarilla. Pero, dentro de las cuatro paredes, que albergan doce cadáveres, hay frío, inclusive con el sol de mediodía.

Juan señala a unos restos que están por ser retirados en la semana. Están guardados en una bolsa negra, en una esquina, esperando a pasar a la fosa común, donde se unirán a miles de personas más, que pierden su identidad al entrar a esa estructura.

La fosa subterránea del cementerio de San Pedro

La única fosa subterránea del cementerio de San Pedro de Montes de Oca

 

Él tiene 41 años y en la década que tiene de trabajar en esto, ha aprendido mucho bajo la tutela de sus compañeros, Jorge, en el cementerio de Sabanilla, y Rigoberto, en el de Montes de Oca. Pero, de niño, no esperaba terminar en este trabajo.

Juan José Araya nació en Santa Cruz de Turrialba, un pueblo cuyo último censo indica que tenía poco más de tres mil personas. Fuertemente dependiente del trabajo de campo, las oportunidades laborales allá son limitadas.

“Yo soy una persona que me crie en el campo. Cuando salí de sexto grado de la escuela, mi padre por dicha me enseñó a trabajar. No me dio el estudio, pero me enseñó a trabajar. Lo primero que me dio, así como se lo digo, fue un cuchillo y una lima”, Juan asiente con confianza mientras hace el gesto de dar algo. “Me dijo: tome, comience a trabajar. Esto es lo que yo puedo darle en este momento.”

Entonces, desde su preadolescencia, se dedicó a cortar caña, café, arrancar papa, recoger frijoles. Todo lo que se hace en el campo. Hasta que, un día, se decidió.

“Allá, diay, las oportunidades de trabajo son muy escasas. Ahí es puro campo: o andar limpiando potreros, con las vacas, o cogiendo café y cortando caña. Yo tengo familiar en Tres Ríos, ¿verdad?”, cuenta Juan, a la sombra de un árbol en la mitad del cementerio. “Una de mis tías me abrió las puertas para que viniera para acá y me vine.”

“Comencé en una empresa de construcción, luego después mi tía me ayudó para entrar la Universidad de Costa Rica, limpiando las zonas verdes, barriendo, todo esto.” Al tiempo conoció a un caballero que trabajaba como arquitecto en el Teatro Nacional. Terminó ahí, trabajando durante seis años.

“Yo llegué al Teatro cuando se cambió el techo (en el 98)”, su tono es jovial, recordando esa época. “Luego me dejaron como misceláneo, que limpiara los alrededores, ahí donde la gente se orina y toda la carajada. Lavando con mangueras.”

Luego, pasó a trabajar a la Municipalidad de Montes de Oca, en el departamento de Aseo de Vías, donde estuvo del 2008 a principios del 2012. Ahí, se abrió la oportunidad de trabajo en el cementerio y aplicó. Inicialmente, comenzó en el Cementerio de Sabanilla, y luego pasó al de San Pedro.

No planea quedarse estático. Entre sus metas está terminar el Bachillerato y luego estudiar algo con computación, que le interesa mucho. Su hijo, de quince años, le ha ido enseñado diferentes cosas de computo. Pero, por ahora, está feliz en su trabajo.

“Como digo, para estar acá, trabajando en el cementerio, a usted tiene que gustarle lo que hace, ponerle amor, porque sino, mejor no. Si es algo que a usted no le gusta, y no le nace hacerlo, mejor no lo haga, ¿verdad?” dice, con un tono de orgullo. Con respecto a vivir entre muertos, se ríe. “Los muertos no hacen nada. Es a los vivos a los que hay que tenerle miedo.”

 

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